¡Hosana al Hijo del rey David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!
Mateo 21:9
Israel experimentó paz, prosperidad y la expansión en el reinado de David. Y Dios prometió que un día un descendiente de David ocuparía nuevamente el trono de manera ideal, y perfecta. Ese día ya llegó. Jesús entró triunfalmente en Jerusalén y la multitud grito: “¡Gloria al Hijo de David!”
David y Jesús tienen mucho en común. Ambos nacieron en Belén – la “casa de pan”. Ambos fueron escogidos, designados y ungidos para desenvolver el oficio designado por Dios. Ambos fueron coronados rey – el Hijo de David, Jesús coronado con espinos. Ambos fueron pastores del rebaño de su padre. Ambos tenían treinta años de edad cuando iniciaron su oficio público. Ambos fueron buscados y perseguidos por sus enemigos. Ambos fueron aclamados y aplaudidos por su propio pueblo. Ambos fueron rechazados, también por su propio pueblo. Tanto David como Jesús enriquecieron a la humanidad inspirando poesía y bellas canciones. Ambos trajeron el arca a Jerusalén – Jesús hizo lo mismo en su propia persona. David recibió de Dios los detalles de la construcción del templo en Jerusalén. Jesús reedificó el Templo en tres días. Ambos vencieron al atormentador del pueblo de Dios – David mató a Goliat y expulsó a los filisteos; Jesús derrotó al Diablo y a la muerte.
Piensa
El Rey perfecto vivió humildemente.
Ora
Con profunda alegría en nuestros corazones, te agradecemos Padre amado el regalo de tu Hijo. Abre nuestros corazones para recibirlo como Rey. Señor Jesús, reina sobre nosotros. Oramos. Amén.
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