Él me construirá un templo, y yo afirmaré su reino para siempre.
2 Samuel 7:13
En muchos aspectos, ningún otro hombre tocó tanto el corazón del pueblo hebreo como el rey David. Pero David echó a perder la posibilidad de un reinado verdadero y bello.
Dios creó a los seres humanos para la realeza – hijos obedientes al Rey de reyes. Ellos gobernaban la creación en nombre del Rey, tal fue la perfección y la paz en el paraíso. Cuando el paraíso se echó a perder, también se perdió el reinado verdadero del ser humano y su realeza. Dios proveyó reinos, para que, por medio de su gobierno, el paraíso pudiese ser restaurado. Ellos deberían moldear lo que Dios esperaba de su pueblo.
Los reyes, como los pastores, deberían defender a su “rebaño” de todos los enemigos espirituales. Deberían también en el reino de Dios. Saúl, el primer rey de Israel, fracasó por haber escogido su propio camino y haber seguido su propia voluntad. David fue un buen pastor que obedeció a Dios y lo amó.
Pero, no todos los reyes gobiernan para Dios. Algunos oprimen y maltratan a su pueblo. Llenan la tierra de desgracia y guerra. Ningún rey humano es perfecto. El propio David, héroe de Israel, cometió adulterio y mandó matar a un hombre.
Hoy es tiempo de reflexionar otra vez sobre la venida del Rey perfecto. (Mateo 28-18)
Piensa
Quien es perfecto juzgue al que es imperfecto.
Ora
Señor Jesús, nadie jamás vivió como tú, con un poder, amor y paz. En Ti vemos manifestados los reyes y las reinas que deberíamos haber tenido. ¡Haznos como Tú en éste mundo lleno de maldad! Amén.
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