“Dios es el rey de toda la tierra; por eso, cántenle un salmo solemne”.
Salmos 47:7
En España tenemos la tradición navideña de los villancicos. Estas canciones folclóricas son alegres, fáciles de cantar en grupo, y constituyen un elemento imprescindible para formar un sentimiento navideño. Todo eso está muy bien. Lo triste es cuando uno se detiene a considerar con mayor detenimiento el contenido de esas cancioncillas. En algunas de ellas se introducen elementos humorísticos que rozan, por no decir raspan, la irreverencia. En otras se quiere dar una imagen enternecedora de Jesús o María que, desgraciadamente, nos aleja de la visión que bíblicamente deberíamos tener sobre ellos.
Alegrémonos, gocémonos juntos, cantemos, alabemos a Dios recordando la buena nueva de salvación que tiene un punto tan importante en aquella noche de Belén, cuyo día exacto en el calendario no conocemos, pero cuya eficacia en la historia redentora la hace con toda razón digna de memoria. Ahora bien, conviene meditar en lo que expresamos a Dios en nuestras alabanzas.
Piensa
Cuando cantamos, estamos igualmente pronunciando palabras que nos comprometen.
Ora
Te alabamos, Señor, por el precioso don de la música, y te pedimos sabiduría para usarlo de manera que te glorifique. Te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén
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