El Señor dice: “Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir”
Salmos 32:8
Los caminos no eran muy buenos en los tiempos bíblicos y podían resultar bastante inseguros; se tenían que hacer con medios, como carros o asnos, que permitían poco confort. Si a ello le añadimos la especial condición en que se encontraba la joven María, mucho peor. Fíjense, todo eso para quienes iban a tener el privilegio de traer a este mundo al Mesías prometido.
En algún lugar de nuestro caprichoso cerebro se gesta la noción de que, si hemos decidido servir a Dios, lo menos que cabe esperar es que Dios nos sirva a nosotros con comodidades, facilidades, suavidad en todos nuestros caminos, liberación de dificultades, por nimias que sean. ¡Qué disparate! Precisamente la manera como decidió encarnarse en la persona de su Hijo debería suponer una lección sobre lo que nos cabe esperar al ser sus siervos.
Dios no siempre nos dirige por autopistas, ni nos transporta en aviones privados, ni nos reserva plaza en primera clase. No nos saca de la realidad, porque la misión a la que nos ha llamado está enraizada en la realidad de esta necesitada Humanidad.
Piensa
El camino es para llegar, pero también para aprender mientras se llega.
Ora
Gracias, Señor, porque todos nuestros caminos están en tus manos sabias. Amén.
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